3 sep 2026

Por Pedro Portilla W.
Vinod Khosla nunca dirigió un equipo de fútbol americano. Nunca disfrutó de un triunfo o sufrió una dura derrota en un vestuario. No vendió un boleto, no negoció un derecho de televisión, no se sentó nunca a explicarle a un jugador por qué no será tomado en cuenta para la siguiente temporada. Ni siquiera sabemos si su papá lo llevó al estadio por primera vez a vivir la experiencia de un partido. Hace unas semanas pagó 9,612 millones de dólares por los Seattle Seahawks — el precio más alto en la historia de la NFL, 59% arriba del récord anterior. El cofundador de Sun Microsystems y fundador de Khosla Ventures no lo hizo por amor al deporte.
El dato importante que debemos de entender antes de hablar de cifras es que esta no es la típica historia que conocimos bien en Latinoamérica de aficionados ricos comprándose el equipo de su infancia para rescatarlo de una inminente quiebra. Es dinero institucional buscando dónde meterse.
En menos de sesenta días se firmaron las ventas más grandes en la historia de tres ligas distintas. Bob Iger, el ex-CEO de Disney, y Josh Kushner, de Thrive Capital, le compraron los Lakers a Mark Walter y a la familia Buss por 12,500 millones de dólares — más del doble de lo que pagó Bill Chisholm por los Celtics apenas el año pasado, cuando ese número también fue récord. Los Seahawks se vendieron por los 9,612 millones ya mencionados, y el dinero no se lo queda ningún heredero: el testamento de Paul Allen, co-fundador de Microsoft, obliga a que la mayor parte de esa venta se done a su fundación.
Marc Lore, que llevaba apenas 14 meses como dueño mayoritario de los Timberwolves y los Lynx tras un pleito legal de años con Glen Taylor, le vendió su parte a Marc Stad —un inversionista tecnológico que ya era socio minoritario— en 4,500 millones: triplicó el valor de su inversión en cinco años y se va a dedicar a sacar a bolsa su empresa de delivery. Y esta semana, cuando parecía que el verano ya había cerrado los libros, Arte Moreno vendió los Angels a Stan Kroenke —el mismo dueño de los Rams de fútbol americano, los Nuggets de básquetbol y el Avalanche de hockey— por 4,000 millones, marca histórica en el beisbol. Sumen los 3,900 millones de los Padres y los 2,600 millones que entraron como capital minoritario a los Yankees, y el verano deja más de 37,000 millones de dólares en transacciones de franquicias deportivas. Nunca había pasado algo así, en ningún deporte, en una sola temporada.
La pregunta que nos hacemos es por qué ahora, y por qué estos compradores.
La respuesta que he escuchado de varios banqueros que arman este tipo de operaciones es la misma, dicha con distintas palabras: antes un equipo se compraba como se compra una obra de arte — por prestigio, por pasión, porque ya tenías todo lo demás. Hoy se compra como un blindaje. Un blindaje contra lo que la inteligencia artificial le puede hacer a casi cualquier otro negocio del planeta. Un equipo deportivo no lo reemplaza un modelo de lenguaje. La escasez es real —hay 30 equipos de NBA y difícilmente va a haber 31 salvo expansión controlada por la propia liga—, el ingreso está contratado a diez años con las televisoras, y el prestigio social que da ser dueño no lo compra ningún otro activo al mismo precio. Es la definición exacta de lo que un fondo institucional busca cuando ya no confía en que el resto de su portafolio va a seguir valiendo lo mismo en una década.
Antes que nada, seamos claros: esto no es una burbuja de fanáticos con mucho dinero. Es una revelación sobre qué tan predecible se volvió el negocio del deporte en Estados Unidos, y ese es el punto que de verdad importa para nosotros.
Después de conocer por años este negocio, del lado de vender el patrocinio y del lado de comprarlo, he visto clubes latinoamericanos con más pasión de grada que cualquier estadio de la NFL un domingo de playoffs. Lo que nunca he visto es a un fondo institucional pagar por esa pasión lo que pagó Khosla por los Seahawks. Y no es porque falte mercado, ni porque falte hinchada, ni porque falte talento — de eso estoy seguro. Es porque falta el engranaje institucional que convierte una pasión en un activo que se puede tasar, financiar y heredar con reglas claras.
Un equipo de la NFL no puede descender de categoría. Negocia sus derechos de televisión en bloque, con un salario tope que controla el lado del costo, y con líneas de crédito que la propia liga garantiza a sus 32 dueños. Eso es lo que hace que $9,612 millones sean un número racional y no un capricho. En muchos mercados latinoamericanos seguimos vendiendo derechos de televisión club por club, sin gobernanza que dé certeza a diez años, con estructuras de propiedad que muchas veces ni el propio club puede explicar con transparencia.
No va a llegar un fondo el próximo verano a pagar miles de millones por un club latinoamericano. Pero el capital que este verano decidió refugiarse en el deporte de Estados Unidos es el mismo capital que, tarde o temprano, va a buscar el próximo mercado con hinchada real y espacio para crecer — y ese mercado podemos ser nosotros, si para entonces existe la estructura que lo haga posible. Estamos claros de qué lado de esa ecuación queremos estar. En Soccership no vendemos pasión — eso ya lo tiene el aficionado latinoamericano de sobra. Vendemos la estructura que hace que esa pasión se convierta, algún día, en el mismo tipo de activo que este verano se vendió por 37,000 millones de dólares.





